Una tarde en el Hoppegarten
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- 21 nov
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Este texto lo presentó Mateoo Dieste en el Salón Berlinés el 12.5.2025 junto con Jochen Schmidt.
La traducción fue posible gracias al auspicio del Senatsverwaltung für Kultur und Gesellschaftlichen Zusammenhalt y se ha realizado en el marco de una colaboración entre el Salón Berlinés y alba.lateinamerika lesen e.V.
La traducción fue posible gracias al auspicio del Senatsverwaltung für Kultur und Gesellschaftlichen Zusammenhalt y se ha realizado en el marco de una colaboración entre el Salón Berlinés y alba.lateinamerika lesen e.V.
Moderación: Ingeborg Robles y José Luis Pizzi
Lunes a las 19:00 h, Crellestr. 26, 10827 Berlín
Una tarde en el Hoppegarten
El hipódromo de Hoppegarten no está ubicado propiamente en Berlín, pero son los berlineses quienes lo mantienen vivo cuando llegan en masa para ver galopar a los caballos. Durante más de 150 años, caballos y jinetes han competido en esta vasta pista de 430 hectáreas, inaugurada en 1868, que antes de la Primera Guerra Mundial llegó a atraer a más de 20.000 espectadores. Tras la reunificación alemana, el hipódromo enfrentó dificultades financieras que pusieron en riesgo su futuro. No obstante, en 2008
fue adquirido por el inversor Gerhard Schöningh y, desde entonces, ha retomado sus actividades regulares, volviendo a captar la atención de aficionados locales y del público internacional.
Hoy en día, Hoppegarten celebra unas diez carreras al año. La temporada comienza a principios de primavera y culmina en octubre. Entre los eventos más destacados se encuentran el Gran Premio de Berlín y el Premio de la Unidad Alemana, el 3 de octubre. Fui invitado a este último el jueves pasado.
Teníamos asientos reservados en el palco central, justo frente al último tramo de la pista. Probablemente este sea el único lugar de Berlín donde la etiqueta consiste en disfrazarse de aristócrata inglés: aquí las damas pueden lucir trajes de saco y falda de un mismo color, o elegantes y sobrios vestidos, siempre combinados con extravagantes sombreros, una discreta cartera de cuero y, desde luego, botas o zapatos de tacón. Los caballeros se visten con chaqué, pantalones de lana a rayas, zapatos de cuero bien lustrados, el inevitable sombrero galera y hasta algún que otro accesorio como un reloj de cadena, guantes o pañuelo de bolsillo.
Desde este recinto, podíamos contemplar el esfuerzo final de los caballos por llegar en primer lugar, mientras esos hombrecillos de apenas 60 kilos, que parecen levitar sobre ellos, se agazapan como gatos al acecho justo antes de cruzar la línea de meta.
Era un día gris y nublado, aunque algunos destellos de luz solar se colaban entre las lloviznas. Yo tampoco, es mi primera vez aquí, me contaba Ursula, una alemana que llevaba puesta la camiseta de la selección de fútbol peruana. Mis padres son de Perú, pero yo me crié en Alemania; no soy latina, y todos los latinos se dan cuenta de eso. Ursula era, junto conmigo, una de las tres afortunadas que había recibido una entrada gratis de nuestra amiga Patricia, quien las había comprado con tres meses de
anticipación para ir con su amigovio y una pareja de amigos, pero justo un día antes del evento todos se enfermaron —o, como decimos en alemañol: se cranquearon— al mismo tiempo.
Mientras Ursula me hablaba, yo fingía escucharla mientras miraba al horizonte. Pati se levantó para ir al baño, y entonces el muchacho que estaba hablando con ella se volvió hacia mí y me observó fijamente sin decir nada. Para evitar prolongar esa situación incómoda, quise romper el hielo y me presenté. Él me aclaró que no hablaba alemán, pero de todas maneras entendió de qué iba la situación y me respondió en inglés que se llamaba Väinö. ¿Cómo te llamás? Yo nunca había escuchado ese nombre finlandés. Me lo repitió muy lentamente, como si estuviera alfabetizando a los niños de una escuela primaria de Helsinki, y luego comenzó a contarme su genealogía familiar, haciendo largas pausas llenas de silencio nórdico. Cuando Pati regresó, quise sentarme junto a ella, después de todo, era la única persona con quien tenía algo de confianza, pero ahora Ursula me usaba a mí como ejemplo para explicarle a Väinö lo diferentes que son las personas en Latinoamérica.
Cada veinte o treinta minutos, la gente a nuestro alrededor se levantaba para alentar a tal o cual caballo. La proximidad de los caballos aumentaba la sensación de ver cómo el pronóstico de una apuesta se hacía realidad: la suerte estaba echada. Al finalizar la carrera, con los resultados ya sobre la mesa, las conversaciones previas se disolvían en una algarabía de voces que fluctuaban entre el júbilo y la decepción. Entonces nos mirábamos y empezábamos de nuevo, retomando una conversación ya olvidada, lo que es igual a una conversación nueva.
Aproveché el momento y fui a buscar algo de comer. Les pregunté a los demás si querían algo: Pati me pidió que le trajera unas papas fritas o cualquier salchicha que encontrara, Ursula me pidió una Krakauer con kétchup, y Väinö me miró a los ojos sin contestar, como intentando sonreír pero sin saber cómo hacerlo. Lo ignoré y bajé las escaleras hacia los puestos de comida. Había mucha gente por todos lados. Debajo de un pabellón, una orquesta tocaba I'm Still Standing de Elton John. Se respiraba el olor a leña y a carne asada, pero también a café y gofres.
Mientras esperaba por las salchichas, se me acercó una mujer muy sonriente que estaba regalando banderines de Alemania y me dio uno. Lo sostuve sin saber qué hacer con él, como un niño que sostiene por primera vez el gigantesco algodón de azúcar que le han comprado sus padres en un parque de diversiones. Lo guardé en el bolsillo trasero para poder cargar la comida y, mientras subía las escaleras hacia el palco, escuché una voz insistente a mis espaldas llamándome la atención: ¡Halt, halt!
¡Stopp, stopp! (¡alto, alto! ¡Detente, detente!). Me di vuelta y vi a una mujer con el pelo corto teñido de un rojo fucsia que había recogido el banderín del suelo y ahora me lo devolvía como si fuera un acto solemne. Su expresión severa y su mirada inclemente me hizo sentir que cometía una falta, pero yo no tuve la rapidez mental para asociar al banderín de Alemania tirado en el piso con una ofensa a la patria.
Ha comenzado la carrera por el Premio de la Unidad Alemana. No sé si alguno de nosotros ha apostado, pero la tensión y el nerviosismo me hacen creer que sí. A medida que los caballos se acercan, los nervios provocan que Pati se meta papas fritas en la boca cada vez más rápido, que Ursula deje enfriar su Krakauer, y que Väinö, en lugar de ondear el banderín de Alemania de un lado a otro, lo sacuda de arriba hacia abajo compulsivamente, sujetándolo con ambas manos, haciendo que no pueda dejar de observarlo, temiendo que en cualquier momento me saque un ojo.
René Piechulek acaba de ganar por tercera vez consecutiva el Premio de la Unidad Alemana, esta vez venciendo al panameño Eduardo Pedroza con su caballo Westminster Moon. El relator mencionó el monto del premio, creo que son treinta mil euros, aunque no estoy seguro de haberlo escuchado bien. En realidad, poco me importa saber quién ganó y cuánto dinero se lleva a su casa. Estoy aquí sin terminar de entender dónde estoy. Porque el hipódromo y el mundo de los caballos, para mí, eran un espacio de mi infancia. El recuerdo que tengo de los caballos es que quería acariciarlos, pero no podía porque eran muy altos. Ahora los veo y sé que puedo hacerlo sin problemas. Pero ya no soy aquel niño.
Pati nos agradeció por haberla acompañado al Hoppegarten, a pesar de que nos avisó pocas horas antes del evento. Ser tan espontáneo es imposible aquí, ustedes lo saben. Por eso creo que este día ha tenido algo especial para mí. Ahora que lo pienso, deberíamos venir el año que viene los cuatro de nuevo, ¿qué dicen?
Ursula respondió inmediatamente que sí, y explicó que, aunque no es latina como para ser tan espontánea, hoy lo había sido porque supo reconocer que venir al Hoppegarten por el Día de la Unidad Alemana, invitada gratis por una amiga, no es algo que pase todos los días. Sus palabras se extendieron en un monólogo un tanto innecesario, perdiéndose en detalles que intentaban justificar su sentido de la improvisación. Väinö, mientras tanto, giró la cabeza de izquierda a derecha, mirándonos a cada uno de nosotros. Emitió un leve gruñido gutural que no desembocó en ninguna palabra y
finalmente asintió con la cabeza, esbozando una sonrisa ambigua e inconclusa.
Gracias, Pati, contá conmigo. Hagamos de esta visita al hipódromo una excusa para pasar un momento juntos, aunque sea una vez al año. Al despedirnos, Ursula le r
ecordó a Väinö que no se olvidara de su banderín. El finlandés lo tomó con una mano y, al saludarnos, lo ondeó correctamente de izquierda a derecha. No sé si habrán sido los caballos, las salchichas o el feriado nacional, pero tal vez algo nos haya unido en esa bonita tarde que pasamos en el Hoppegarten.

Mateo Dieste (Montevideo, 1987) es filósofo, ensayista y cronista. Radicado en Berlín, se formó en filosofía e historia global en la Universidad Humboldt de esta ciudad, donde también impartió el seminario “Thinking globally the History of Philosophy”. Es autor de “Junando el siglo XXI. Una filosofía desde el ensayo” (Abrazos Verlag, 2022) y de “Los cuatro mundos del bandoneón. Breve ensayo contra el tango” (Abrazos Verlag, 2024). Su escritura explora la relación entre pensamiento, vida cotidiana y cultura popular, con una mirada crítica y accesible, dirigida a un público no especializado. Actualmente trabaja en su próxima obra, titulada “Glosario berlinés: una manera de habitar la ciudad”, donde mezcla distintos géneros como la crónica, el ensayo narrativo, el testimonio autobiográfico y la autoficción.




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