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Lorena Simmel: Extracto de la novela “Ferymont”

Este texto lo presentó Lorena Simmel en el Salón Berlinés el 01.09.2025 junto con Samanta Schweblin.


La traducción fue posible gracias al auspicio del Senatsverwaltung für Kultur und Gesellschaftlichen Zusammenhalt y se ha realizado en el marco de una colaboración entre el Salón Berlinés y alba.lateinamerika lesen e.V.


Moderación: Ingeborg Robles y José Luis Pizzi

Lunes a las 19:00 h, Crellestr. 26, 10827 Berlín



Traducción: Maria Porciel Crosa


Ferymont


En ese entonces trabajaba en una plantación de tabaco en Suiza. Por la humedad del suelo se había postergado varias semanas la tarea de trasplantar los plantines. En abril y principios de mayo había hecho frío, después un calor fuera de lo común. En junio llovió casi todo el tiempo. Cada mañana, cuando nos dirigíamos al campo, unos nubarrones pesados se cernían sobre la cordillera del Jura. De los álamos se desprendían las semillas, volaban como algodón sobre los canales y terminaban posándose sobre el agua y los caminos. Las vacas color ocre de la penitenciaría de Bellechasse permanecían inmóviles sobre la tierra ennegrecida por la turba. Los campos de trigo y colza resplandecían en la bruma que cubría la llanura después de la lluvia. Las plantas tenían la cabeza gacha, vencidas por el peso del agua. El "pozo del mal tiempo", la entrada al valle que se abre detrás del lago de Neuchâtel, estaba envuelto en niebla.


Llegué en el mes de marzo. Mi tía pasó a buscarme por la estación de Ferymont a la tardecita. Estaba esperándome en lo alto de la escalera con cara de felicidad y, por lo visto, muerta de frío. Tenía los brazos cruzados sobre su cárdigan largo. Yo tenía calor, en parte por el viaje y en parte por esa inquietud que siempre me invadía al llegar a Ferymont.


A espaldas de mi tía se alzaba hasta el cielo el "bosquecito de las drogas", unos cuantos álamos pelados bajo los que solía sentarse a fumar y tomar cerveza la supuesta mala junta del pueblo.


Hoy el bosquecito estaba prolijo, bien podado. Los bancos bajo los álamos estaban desocupados, en el follaje se oía el susurro del viento.

Mi tía me abrazó con fuerza. Olía a café y perfume, esta vez tenía el pelo teñido de castaño. Desde mi última visita unos meses antes, se la veía más pequeña, como si se hubiera encogido.

 

—Ya era hora —dijo y sonrió.

En su Golf color verde botella subimos por la calle de la estación hasta el pueblo. El gimnasio, como de costumbre, estaba alumbrado de punta a punta con sus tubos fluorescentes; en los aparatos con apariencia de pájaros desgarbados entrenaban dos o tres personas. Delante del vivero había hileras de pensamientos y gajos de tuya sobre mesas de riego. En el café Münz algunas personas mayores tomaban un helado o una cerveza.

 

Después de la mudanza de mis papás, mi tía se había quedado viviendo sola en una casa grande en las afueras de Ferymont. La casa estaba rodeada por un bosque pequeño, al frente tenía una entrada de autos grande que ocupaba parte del terreno. Por una escalera de piedra con un pasamanos lindo y algo oxidado, se subía a la puerta principal. A cada lado de la vivienda, un caminito de piedras llevaba al gran jardín. Era una casa antigua, ahí había vivido antes mi tía con su hermano, mi papá. Ellos dos, al igual que mi mamá, habían venido de Alemania Occidental a Suiza en los años ochenta para estudiar.

 

Me instalé en la habitación de la planta alta, una especie de oficina de mi tía: tenía una cama junto a la ventana, un escritorio con un viejo monitor plano, y un armario con puertas de vidrio y cortinitas de encaje. Mi tía la había preparado especialmente para mi llegada. En la repisa de la ventana había puesto mi viejo reproductor de CD plateado, uno que mis papás habían guardado en el sótano de mi tía junto con otras cosas mías. Tenía un brillo futurista, pero apagado. Sujeto al escritorio estaba mi velador de clip, al que de adolescente le había escrito Did your shadow ever speak to you? con marcador negro. Por la ventana se alcanzaban a ver árboles, una parte de la entrada de autos y el cielo por encima del bosque.





La novela «Ferymont» fue publicada por la editorial Verbrecher Verlag (Berlin 2024). La reproducción del presente extracto se realiza con el amable autorización de la editorial.



Autora Lorena Simmel
 © Nane Diehl

Lorena Simmel, nacida en 1988 en Friburgo (Suiza), escribe novelas y poemas. Estudió Escritura Literaria y Literaturas Europeas en Biel/Bienne, Berlín y Varsovia. Su primera novela, Ferymont (Verbrecher Verlag), fue galardonada con el Premio Robert Walser 2024. Ese mismo año, recibió una beca de creación de la Fundación Cultural Pro Helvetia por el manuscrito de su libro de poemas Die Fuchsjungen, así como el premio literario Das zweite Buch de la Fundación Marianne y Curt Dienemann. Vive y trabaja en Berlín.



María Porciel Crosa (1981) es argentina por nacimiento y alemana por perseverancia. Estudió traducción en Buenos Aires; luego se especializó en España, Argentina y Alemania en campos tan dispares como las tecnologías del lenguaje y la traducción literaria. Feliz entre libros, los compra, lee, corrige y traduce del inglés y el alemán al castellano. Desde 2010 en Berlín, vive entre lenguas y sus variedades, y alienta la sindicalización de su solitario oficio.

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