Extracto de la novela „Ein Auftrag für Otto Kwant“
- alba.lateinamerika lesen

- 21 nov
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Este texto lo presentó Jochen Schmidt en el Salón Berlinés el 12.5.2025 junto con Mateo Dieste.
La traducción fue posible gracias al auspicio del Senatsverwaltung für Kultur und Gesellschaftlichen Zusammenhalt y se ha realizado en el marco de una colaboración entre el Salón Berlinés y alba.lateinamerika lesen e.V.
Moderación: Ingeborg Robles y José Luis Pizzi
Lunes a las 19:00 h, Crellestr. 26, 10827 Berlín
Capítulo 13
Traducido por Cynthia Biggemann
La puerta se cerró automáticamente detrás de Otto y, en medio de la oscuridad, no pudo distinguir dónde estaba. Trató de respirar silenciosamente, atento a cualquier sonido; como no se oía nada, palpó la pared junto a la puerta en busca de un interruptor. A pesar de no hallar ninguno, se encendieron titilando unos tubos de neón. Otto pudo ver que se encontraba en un corredor desolado y blanco. La puerta por la que acababa de entrar carecía de manija o picaporte. “Ábrete, sésamo”, murmuró Otto una vez más, sin que el conjuro surtiera efecto esta vez. Bajo estas circunstancias, la manija de la puerta en el otro extremo del pasillo se le antojó como si se tratara de una invitación a tentar su suerte. Otto avanzó lentamente, puso su mano sobre la manija y aguardó el impulso para girarla, cuando una voz femenina y amable se dejó oír a través del altavoz.
—La puerta no está cerrada, Dr. Kwant.
—Me temo que no poseo ese título.
—Ya puede pasar.
—¿Y si no quiero?
—Entonces, ¿por qué más se encontraría aquí?
—Ni siquiera sé dónde estoy.
—¿Quizá le gustaría descubrirlo?
—Por supuesto… pero antes de entrar.
—En este momento se encuentra usted en un pasillo desagradablemente alumbrado y sin gracia. Solo puede ponerse mejor.
Otto abrió la puerta y entró a un cuarto semicircular sin ventanas y de techo ligeramente bajo, recubierto por completo con una gruesa alfombra de color beige. Las paredes estaban decoradas con cortinas jacquard recogidas a los lados, revelando una hilera de óleos toscamente pincelados que representaban escenas de la vida de tribus indígenas norteamericanas. El reloj de pie tallado en palisandro marcaba el tiempo con un tictac resonante. Un escritorio macizo de roble ocupaba el centro del cuarto y su superficie verde estaba despejada, salvo por una colección a escala de torres de perforación. ¿Cómo habían introducido semejante mueble aquí? El escritorio resultaba ser demasiado voluminoso para cualquiera de las puertas que Otto podía ver. ¿Existía quizá otra entrada escondida? La pared trasera del escritorio adornada con tallados, posiblemente alegóricos, en su centro un águila con sus alas extendidas sostenía una cabeza de búfalo entre sus garras. Sobre el sillón de cuero oscuro detrás del escritorio estaba sentando un hombre que posaba los pies sobre la mesa, despreocupado de quitarse los zapatos. Hojeaba un expediente en cuyo reverso se dejaba leer “Dr. Otto Kwant”.
—Pero, por favor, siéntese. ¿Le puedo ofrecer algo de beber?, ¿una Coca Cola? No dude en pedirla, de lo contrario en Urfustán solo le darán Pepsi.
—En realidad, nunca pude darme cuenta de la diferencia.
— La Coca Cola es más suave, se despliega gradualmente dejando un sabor más duradero. Si quiere beber una buena cantidad, resulta más agradable. La Pepsi, en cambio, impacta con intensidad al primer sorbo, además que contiene menos sodio.
—Y, ¿por qué en Urfustán solo hay Pepsi??
—Eso tiene razones históricas. Antes se creía que la Coca Cola era una droga administrada a los soldados para que pudieran masacrar aún más despiadadamente a vietnamitas. Lo cual es absurdo, porque la Pepsi contiene más cafeína.
—Puedo preguntar, ¿con quién hablo y dónde me encuentro?
—Por supuesto, perdone usted, Kasey Ksinczyk, agregado cultural de la Embajada de los Estados Unidos de América en Mangana. Espero que haya llegado sin problemas.
—La verdad es que iba rumbo a mi hotel.
—Me alegra que a pesar de ello se haya tomado el tiempo de venir.
—¿Por qué me ha secuestrado?
—Pero si nosotros no lo hemos secuestrado, puede irse en cualquier momento. Sin embargo, me complacería invitarlo antes a un intercambio de ideas.
—Seguramente habría venido de forma voluntaria.
—Pero si usted ha venido voluntariamente. Nadie lo ha forzado a usar la puerta de entrada.
—La pregunta es, si puedo irme.
—Como ya se lo mencionado, en cualquier momento, pero quizá quiera tomarse primero una Coca Cola para poder conversar sobre sus planes.
Una trabajadora apareció, sonrió guiñando un ojo de forma conspirativa a Otto. Asintió con la cabeza en dirección a la puerta queriendo dejar totalmente claro que era ella la que acababa de hablar a Otto por el sistema de altavoz. Colocó sobre la bandeja una botella de Coca Cola con dos vasos y pajillas. Sirvió un poco de Coca Cola de la botella en un vaso y se lo entregó a Otto esperando a que eligiera una de las dos pajillas, la roja o la rosada. Otto dudó porque su decisión seguramente llevaría a desenlaces que podrían provocar nuevas complicaciones. Finalmente cogió la pajilla roja, dejando la rosada para el agregado cultural que también recibió un vaso de Coca Cola. Ambos tomaron un sorbo. Como Otto necesitaba ir urgentemente al baño, apenas y probó la suya. Las burbujas de gas que se habían asentado en la pajilla la hicieron ascender y, como el vaso no era lo suficientemente hondo, se hubiera salido, por ello Otto tuvo que sostenerla con fuerza con los dedos.
Kasey Ksinczyk sostuvo su vaso como si se tratara de una copa de coñac, inhalando el aroma con delicadeza.
—¿Lo nota usted? Uvas pasas y un toque de vainilla.
—Usted quería hablar sobre mis planes. ¿Qué planes?
—Déjeme decírselo sin rodeos. Usted es la mano derecha del Arquitecto de la Nación. Es asombroso para el corto tiempo que lleva aquí.
Ksinczyk hojeó el expediente y arqueó las cejas.
—Tan asombroso que no le encontramos explicación. Aparentemente sus servicios están alcanzando un buen trabajo, lo cual es poco usual entre europeos. Tal vez aún se benefician de viejos contactos de la época anterior al colapso. En todo caso, siempre he estado a favor de unir fuerzas en el mundo libre. Sería del interés de todos que pudiera cooperar con nosotros.
—Creo que sobreestima mi papel. Soy arquitecto y se supone que debo construir un ‘Palacio de la Democracia’ aquí en Mangana.
—No pretendo ofenderle, sin embargo, ¿por qué confiarían un proyecto de semejante calibre a un joven profesional?
—Es todo un gran malentendido, pero ciertamente estoy a la altura de esa tarea. No podría ser peor que la mayoría de los edificios de aquí. Se ven como si la computadora se hubiera bloqueado durante el renderizado 3D.
—Me da la impresión de que Zültan Tantal ve más en usted de lo que otros podemos percibir a simple vista. Nos gustaría saber qué.
—Hablamos sobre arquitectura, es lo único que me interesa, sobre todo trabajo en parques de juegos. Por cierto, Estados Unidos fue en su momento líder en ese campo. Pero el riesgo de ser demandados en caso de accidentes ha preocupado a diseñadores y a las autoridades.
—¿Quiere otra Coca Cola?
—Quizá mejor un vaso con agua. La cafeína me hace daño.
Otto, en realidad, ya no quería continuar bebiendo, sino ir al lavabo, pero no se atrevió a negarse cortésmente.
La publicación del extracto se realiza con la amable autorización de la editorial C.H. Beck.

Jochen Schmidt
Nacido en Berlín en 1970. Estudios de Filología Románica. Vive en Berlín. Numerosas publicaciones con C.H.Beck, Piper, Voland&Quist, entre otras editoriales.




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