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Volver a ser turca

Lina Meruane


Texto del primer número de alba publicado en 2012. Traducción del español de Chile por Rike Bolte.


Nadie habla de ellos. Digo o decimos estar viviendo en el barrio turco y veo o vemos subir cejas; surgen muecas de extrañeza. Ninguno de los berlineses que vamos conociendo parece haberse detenido nunca en Moabit, algunos no están seguros de ubicarlo sobre el mapa. Al noroeste del Tiergarten, decimos, sorprendidos nosotros, y a continuación explicamos que se ofrecía un pequeño departamento amoblado ahí. Nos atrajo la idea de pasar nuestro primer tiempo en un barrio con mercados visitados por mujeres empañueladas, con niños jugando a la pichanga en la plaza, intentar descifrar el alemán incrustado en el turco o lo contrario entre los celebrados goles turcos del Mundial. Las lenguas puras nos parecen imposibles, la pureza, indeseable, y ha pasado demasiado tiempo ya. Pero para la memoria berlinesa lo que queda de esa gente que vino en los ochenta como mano de obra es, apenas, la obra. Las manos, los cuerpos, siguen ahí como un enigma. Comprendo de pronto que ese punto ciego que habito (habitamos) en nuestro desembarco berlinés no ha sido una elección casual. Ese lugar contiene y a la vez contempla un asunto olvidado: el de mi propia, equívoca, turquedad. Yo fui turca alguna vez. Heredé ese apelativo de mis abuelos que llegaron a Chile, como tantos inmigrantes árabes, con un pasaporte otomano. Aunque soy ya solo a medias palestina (hay otro cuarto italiano y otro tanto desconocido, acaso mapuche), aunque yo

soy, repito, una mezcla de sucesivos desplazamientos, fui, por años, para los otros, solo la turca. Solo que después me hice un poco neoyorquina y hecha de tantos retazos cosidos a destiempo ese falso trozo de mi identidad quedó a oscuras. Los días de Moabit despiertan, entonces, esa turquedad dormida.Pero estas son turcas de verdad, pienso, pensando en mí, comparándome con ellas que pasan con sus cabezas cubiertas y sus vestidos de saldo. Estas turcas, me digo, en otras circunstancias, quizás en América Latina, podrían haber ido, lentamente, integrándose, fundiéndose desde su diferencia en nuestro mestizo traje nacional. Pero basta mirarlas para comprender que ellas no han asumido su ya histórica berlinidad. Acaso los turcos nunca se hayan sentido más turcas que en la diáspora (así como yo nunca me he sentido más chilena que en estos años viviendo fuera). Pero tampoco los berlineses han sabido aceptar esa vida paralela, en este otro barrio, en esa otra lengua y media que desde su aparente inexistencia remece la definición de la palabra alemán.


Lina Meruane es una de las voces femeninas más destacadas de la literatura chilena contemporánea reciente. Nacida en Santiago de Chile en 1970, vive en Nueva York desde el año 2000 y es profesora universitaria en esa ciudad. Además, es fundadora y directora de la editorial independiente Brutas Editoras, también con sede en Nueva York. Ella misma debutó en 1998 con la colección de cuentos "Las Infantas"; desde entonces, su obra se ha ido ampliando hasta incluir un conjunto diverso de trabajos que incluye novelas, así como, más recientemente, ensayos sobre la cuestión de Palestina ("Volverse palestina", 2013) o una antología sobre las huellas del sida en la literatura latinoamericana. Foto: Timo Berger.

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